El mono transgénico, un sueño largamente perseguido por la investigación biomédica, ya existe. El logro, que publicó Nature,
es obra de un equipo científico de varios centros japoneses, que ha
producido los primeros primates modificados genéticamente y capaces de
transmitir ese cambio en los genes a su descendencia. Como prueba de
principio del sistema, la alteración ha consistido en incorporar a su
genoma un chivato genético habitual, la proteína fluorescente verde
(GFP). Pero el potencial de la técnica es inmenso. Según enumeran los
autores del estudio, permitirá estudiar enfermedades genéticas
imposibles de abordar en modelos actuales como el ratón, servirá como
banco de pruebas previo a los ensayos clínicos e iluminará las
investigaciones con células madre humanas, entre otras áreas de
aplicación.
La tecnología de animales transgénicos nació en la década de 1980 con la creación de los primeros ratones knock-out,
animales en los que se inactiva el gen deseado mediante un proceso de
fina cirugía molecular. Esta técnica, que valió un Nobel en 2007 para
tres de sus pioneros, ha permitido desde entonces fabricar miles de
cepas de ratones con toda clase de modificaciones genéticas. Son
innumerables los estudios científicos que han impulsado el conocimiento
de enfermedades humanas gracias a estos animales.
Sin embargo, los ratones no bastan. En un comentario publicado también hoy en Nature,
los científicos de EEUU Gerald Schatten y Shoukhrat Mitalipov repasan
las ocasiones en las que el roedor no ha sido un modelo fiel, como en el
estudio del alzhéimer y otras enfermedades neurológicas, o incluso en
el caso de la fibrosis cística, donde la introducción del gen en ratones
no logró que mostraran los síntomas pulmonares típicos de esta
dolencia. Era necesario el salto a los primates.
La tarea no es
sencilla. En las últimas décadas ha quedado demostrado que el trabajo
con embriones de primates es más complejo que en otras especies; de ahí
las dificultades para generar células madre embrionarias humanas.
Mitalipov obtuvo en 2007 los primeros embriones clónicos de macaco, y
Schatten logró introducir la GFP en otro de estos monos, aunque hasta el
momento este y otros intentos de obtener descendencia de monos
transgénicos habían fracasado.
El Instituto de Animales de Experimentación de Japón estableció en 1980 una cepa de titís (Callithrix jacchus)
como modelo. Según explica el codirector del nuevo estudio, Hideyuki
Okano, de la Universidad de Keio en Tokio, esta especie de la selva
amazónica es un modelo ideal: "Es el primate más pequeño y tiene una
alta reproductividad". Una hembra alcanza la madurez sexual en un año y
puede alumbrar 80 crías durante su vida. Según el primatólogo del
Instituto Max Planck, Josep Call, el tití es "el ratón de los primates".
Durante
años, el grupo de Okano, en colaboración con el equipo de Erika Sasaki,
jefa de laboratorio del instituto que cría los titís, ha empleado estos
animales para estudiar el papel de las células madre del sistema
nervioso en la reparación de lesiones medulares y en enfermedades
neurodegenerativas. Sin embargo, la utilidad de los animales se
restringe si no es posible simular a voluntad las dolencias.
Sasaki
y Okano se propusieron crear titís transgénicos con el objetivo final
de aplicarlos al estudio del párkinson y la esclerosis lateral
amiotrófica, entre otras dolencias. Empleando como vehículo genético un
lentivirus modificado nada menos que el VIH, lograron introducir el gen
de la GFP en 91 embriones de tití producidos por fecundación natural y
extraídos del útero de las hembras. Los 80 que sobrevivieron se
implantaron en madres de alquiler. Nacieron cinco crías, todas
transgénicas y sanas. Dos de los monos fueron gemelos, Kei y Kou keikou es fluorescente en japonés.
Hasta
aquí, el trabajo no aportaría nada que no se haya logrado antes en
macacos. "El bombazo radica en establecer la línea, lograr descendencia
transgénica", explica Lluís Montoliu, jefe del laboratorio de modelos
animales por manipulación genética del Centro Nacional de Biotecnología
(CSIC). "Para acelerar el proceso, no esperaron a que criaran de forma
natural, sino que extrajeron el esperma transgénico y fertilizaron
óvulos in vitro". El padre elegido fue Kou, uno de los gemelos. Su hijo, Kouichi (Primogénito de Kou), es el primer mono transgénico de segunda generación en la historia de la ciencia.
Superada
la prueba de concepto, los científicos abordarán la creación de
transgénicos para genes relacionados con enfermedades, algo que
beneficiará a investigadores de todo el mundo, quienes quizá deberán
depender de los japoneses: "Además de las posibles cortapisas
legislativas, adoptar la tecnología aquí es complicado", opina Montoliu.
"El sistema de lentivirus se ha empleado aquí en el CNB para ratones y
en otros lugares para crear pollos transgénicos con GFP; el problema es
que los centros no está preparados para trabajar con primates". "Esto
puede convertir a la investigación europea en cautiva de lo que hagan
otros fuera", concluye.
Aunque
científicos de todo el mundo aplauden la obtención de los titís
transgénicos, algunos dudan de que un mono americano pueda reemplazar a
un macaco del Viejo Mundo cuando se trata de emular al ser humano, ya
que los dos últimos están evolutivamente más próximos. En Nature,
Nicole Déglon, de la Comisión de Energía Atómica de Francia, dice que
los titís “fallan en muchos tests cognitivos para valorar el
alzhéimer”. El primatólogo Josep Call no es tan tajante: “Depende de
los tests. Los monos araña, también americanos, son mejores que los
macacos en ciertas tareas. En general no hay enormes diferencias, pero
los titís son familiares como nosotros: los machos ayudan a la hembra a
cuidar las crías, algo que no hacen los macacos”.
Por otra parte, tanto los autores del estudio como la revista Nature son conscientes del debate ético que se plantea. Erika Sasaki defiende su modelo: “Si se puede hacer en ratones o in vitro, debemos hacerlo así. Pero para dolencias como el párkinson, no existe un buen modelo”. En un editorial, Nature anticipa la reacción de los animalistas y advierte de la necesidad de que los científicos no rehúyan el debate para evitar que la presión de estos grupos cuaje en una legislación europea paralizante. Pero el científico Lluís Montoliu ve la batalla casi perdida: “En Europa este experimento ahora no se hubiera podido hacer, y la tendencia es a empeorar”.
Por otra parte, tanto los autores del estudio como la revista Nature son conscientes del debate ético que se plantea. Erika Sasaki defiende su modelo: “Si se puede hacer en ratones o in vitro, debemos hacerlo así. Pero para dolencias como el párkinson, no existe un buen modelo”. En un editorial, Nature anticipa la reacción de los animalistas y advierte de la necesidad de que los científicos no rehúyan el debate para evitar que la presión de estos grupos cuaje en una legislación europea paralizante. Pero el científico Lluís Montoliu ve la batalla casi perdida: “En Europa este experimento ahora no se hubiera podido hacer, y la tendencia es a empeorar”.
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